La mañana del 27 de junio de 1975, el Tour de France arrancaba en Charleroi, Bélgica, con una semietapa de apenas 94 kilómetros hasta Molenbeek. El pelotón avanzaba con lentitud, casi con desgana. Nadie quería marcar el ritmo, sabiendo que por la tarde les esperaban los adoquines de Roubaix. La Côte de Bomérée, situada apenas cinco kilómetros después de la salida, era poco más que una ondulación: 2,4 kilómetros con una pendiente media inferior al 4 %. Nadie atacaría allí. Nadie, excepto uno.
Joop Zoetemelk, el neerlandés del equipo Gan-Mercier, tenía un objetivo muy claro. A 300 metros de la cima, se puso de pie sobre los pedales y aceleró. Nadie lo siguió, excepto Eddy Merckx, porque Merckx nunca dejaba escapar a los que consideraba fuertes. Pero esta vez, ni siquiera el Caníbal logró alcanzarlo. Zoetemelk fue el primero en coronar —primero en el primer Premio de la Montaña del Tour de 1975. Ese paso, aparentemente insignificante, en una subida que nadie recuerda por su dureza, marcaría el nacimiento de una leyenda: aquel día nacía el maillot de lunares del Tour de France.
No fue casualidad. Joop lo había planeado. El día anterior, su suegro Jacques Duchaussoy — entonces miembro de la organización del Tour — le mostró la gran novedad de esa edición: un maillot blanco decorado con lunares rojos, creado para el mejor escalador. Zoetemelk se enamoró de él al instante. Quería ser el primero en llevarlo. Y así fue. Hacia las doce y media del mediodía, en el podio de Molenbeek, entraba en la historia con lo que se convertiría en uno de los maillots más queridos del ciclismo.