ROSITA, MARCO PANTANI Y SABER HACER LAS COSTURAS RECTAS

Emilio Previtali

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Santini

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Años pasados en la máquina de coser y miles de maillots confeccionados para los grandes campeones del ciclismo. El que recuerda con más cariño es el de El Pirata. En el discurso de Rosita Zanchi, la historia personal se entrelaza con el orgullo de pertenencia a la empresa.

Cada vez que entro en las oficinas y en las instalaciones de Santini es como si estuviera en otro mundo. Me encanta. Me gusta presentarme en la entrada y, mientras espero unos minutos a la persona con la que he quedado, deambular tranquilamente entre los objetos que hay en el vestíbulo. Entre todas las cosas, junto a maillots de ciclismo antiguos enmarcados y colgados sobre la pared como si fueran cuadros, hay una bicicleta Bianchi original de Marco Pantani y una de las primeras Look con tubos de carbono de Bernard Hinault, cuando corría por los colores de La Vie Claire.

He venido para hablar con Rosita Zanchi, una empleada que es una especie de memoria histórica de la empresa. Subo al espacio de exposición y, mientras me tomo un café con Paola Santini, que me hace compañía mientras espero –en Italia, todos los encuentros o reuniones de empresa empiezan siempre con un café– me dicen que Rosita está a punto de llegar del departamento de producción. Me acomodan en el espacio de exposición y me siento sobre uno de los sofás que hay allí. Preparo el cuaderno y la grabadora. Estoy listo para escuchar.

Oigo una puerta que se abre a mis espaldas, al otro lado del espacio, que es muy grande, el tintineo de un mazo de llaves y el ruido de los pasos veloces que se dirigen hacia mí. Aquí está Rosita. «Un placer», nos saludamos con la sonrisa escondida detrás de las mascarillas y nos chocamos los codos.

Con el gran mazo de llaves en la mano se sienta sobre el sillón, frente a mí, pero solo en el borde, con la ligereza de quien no se acomoda y está preparado para levantarse en cualquier momento. Aún tiene la respiración un poco entrecortada porque acaba de subir las escaleras corriendo. Lo primero que me sorprende al observarla es que Rosita es la persona de más edad de la empresa, pero es muy joven. Si os imaginabais a una especie de abuelita vestida de negro, encorvada por los años pasados frente a la máquina de coser, os equivocáis. Rosita es una hermosa mujer alegre y juvenil, con un aspecto elegante y cuidado. Empezamos a hablar.

«Empecé a trabajar aquí a los 15 años, como operaria. Me enseñó el oficio mi madre, que ya trabajaba para la empresa, cosiendo desde casa. En aquella época era normal tener una máquina industrial de coser en casa y trabajar desde allí, muchas mujeres lo hacían».

Imagino que en aquella época todo sería muy diferente a ahora.

«En aquellos tiempos, los maillots de ciclismo eran de lana. Para mí, ayudar a mi madre era un juego. Tenía que pegar las etiquetas en el cuello de los maillots; a veces, si había más tiempo, me dejaba poner algún botón o una cremallera. Colocar una cremallera era el colmo de la satisfacción para mí cuando era pequeña».

Le pregunto de broma si sabe cuántas cremalleras habrá cosido en su vida y Rosita se echa a reír.

«No tengo ni idea, pero muchísimas. Antes de convertirse en responsable del departamento de confección, pasé un poco por todos los departamentos de producción. Recuerdo perfectamente el primer día de trabajo: las instalaciones me parecían enormes. Había unas máquinas enormes y muchísimas mujeres sentadas trabajando».

Le pregunto en qué consiste hoy su trabajo.

«Hago de enlace entre la dirección de la empresa, el departamento de marketing y el de producción. Me relaciono con personas de dentro y fuera de la empresa. Por ejemplo, a los corredores se les invita aquí a la sede para probarse modelos o prototipos y nuestro trabajo consiste en poner a punto las prendas para cada uno. Para ellos somos un laboratorio de sastrería a medida. Tenemos una ficha de cada deportista en una base de datos con toda su información; con la patronista tomamos nota de todo: medidas, preferencias, peticiones especiales o sugerencias. Una de mis tareas es que los comentarios que recibimos puedan transformarse en información o mecanismos de producción útiles para los diversos departamentos para perfeccionar o desarrollar los productos».

Al contarme su historia profesional, Rosita traza un análisis muy interesante de la evolución de las prendas de ciclismo en estos años.

«Cuando comencé a trabajar aquí, acababa de empezar la época de los maillots estampados con la técnica de la sublimación. Era 1987. En aquella época, los maillots y las prendas de lana ya representaban solamente una tercera parte del trabajo. En lana se confeccionaban solo algunos artículos. Entonces habían empezado a aparecer los tejidos de poliéster y de felpa, que representaron el verdadero momento de transición a la siguiente época.

En la actualidad hay tejidos técnicos de todo tipo y las prestaciones de los materiales son increíbles, pero el paso de la lana a los sintéticos fue uno de los momentos claves. Desde el punto de vista de la producción y de los artículos del catálogo, el cambio se adaptó a las nuevas necesidades de los usuarios: en aquel momento, había 5 o 6 modelos superventas que representaban el 80 % de la producción, mientras que hoy todo el volumen de la producción, aunque ha aumentado mucho, está dividido en muchos productos específicos pensados cada uno para usos, condiciones y consumidores diferentes».

Rosita no necesita tiempo para pensarlo, antes de empezar a hablar se le iluminan los ojos.

«Los años del Mercatone Uno y de Marco Pantani, en los que él dominaba la subida, el Giro y el Tour, fueron únicos. Cuando haces este trabajo y ves las carreras en la tele o lees sobre ellas en los periódicos, cuando sabes que determinados campeones llevan los maillots que has producido, siempre es especialmente emocionante. Hay algo que te hace sentir la marca de tu empresa como propia, como algo que te pertenece».

A partir de esta temporada Santini será el proveedor oficial del Maillot Amarillo en el Tour de Francia. Le pregunto a Rosita si esto afectará a su trabajo de los próximos meses. Antes de responder, sonríe y se mece hacia atrás en el sofá.

«Conocíamos esta posibilidad desde hace un tiempo. Después de haber sido proveedores de los maillots del Giro de Italia durante muchos años, cuando finalizó aquel patrocinio se produjo un discreto malestar entre los que trabajábamos aquí. A todos nos había dejado la sensación de que algo se había acabado. Todos sabíamos que Monica y Paola estaban trabajando para conseguir el Maillot Amarillo, pero no podíamos imaginar que íbamos a conseguirlo de verdad».

Mientras Rosita habla, esforzándose por controlar el tono de voz, pero genuinamente entusiasmada, me pregunto si hay alguna razón particular para amar su trabajo.

«Lo bonito de este trabajo es su manualidad, el ver nacer un producto creado por ti, con tus manos. Una prenda es un producto artesanal, no se hace pulsando la tecla de un ordenador. Para aprender y que te salgan las costuras rectas, para confeccionar una prenda perfecta hacen falta habilidad y motivación. El nuestro es un trabajo en serie. Por lo tanto, es también un trabajo de equipo y es bonito pensar que cada producto es el fruto de un esfuerzo colectivo, igual que la victoria de un ciclista».

Seguro que Rosita guarda en su memoria un maillot y un ciclista favorito.

«A lo largo de los años, he aprendido que cuando se preparan los diseños de las nuevas colecciones es muy difícil valorarlos. A veces, las tendencias o los cambios son tan radicales que es difícil pensar que determinadas combinaciones de colores o algunos estampados puedan gustar. He aprendido a fiarme de Fergus, nuestro estilista y diseñador. Cada vez que un estampado no me convence y me parece un salto demasiado grande con respecto al pasado, ese maillot se me suele quedar grabado en la memoria y en el corazón más que los demás.

Si tengo que elegir uno, el maillot del Mercatone Uno y de Pantani es el que considero realmente especial».

Le pregunto a Rosita si conoció personalmente a Marco Pantani.

«Una tarde vino a la empresa a recoger unos artículos. Iba para Milán y le dijeron que se acercara. Llegó solo, recuerdo que conducía un Porsche que aparcó en la plaza. Fue amabilísimo con todos y visitó algunos departamentos con el Signor Pietro. Me asombró

su modestia y disponibilidad.

La descripción de aquel momento parece ser algo muy especial para Rosita, también porque aparece Pietro Santini, el padre de Monica y Paola, fundador de la empresa. Le pido que me cuente algo sobre él. Antes de empezar a hablar se endereza en el sofá y se sienta más hacia el borde del asiento.

«El signor Pietro, como siempre se le ha llamado en la empresa, es un verdadero señor, en el más amplio sentido de la palabra. Ha hecho crecer esta empresa ocupándose antes que nada de las personas, de los hombres y mujeres que trabajan aquí y este es el ambiente que sigue respirándose con Monica y Paola, después del relevo generacional. A mí me quedan pocos años para jubilarme, pero el futuro de esta empresa me parece cada vez más emocionante. De alguna manera creo que echaré de menos no venir aquí todos los días a trabajar».

Mientras estamos ya en pie y a punto de despedirnos con otro choque de codos, le pregunto a Rosita qué tienen en común su pasión por su trabajo y el ciclismo.

«Hacer un maillot de ciclismo es un poco como montar en bicicleta: cuando aprendes, nunca lo olvidas».

Emilio Previtali
Apasionado a partes iguales del ciclismo, el triatlón y la escritura, Emilio Previtali fue alpinista y esquiador profesional en el pasado. Ha practicado telemark y snowboard en algunas de las montañas más altas de la Tierra y es director editorial de Rouleur Italia. A los 54 años se depila las piernas regularmente y con destreza sin ningún tipo de vergüenza, y alberga todavía la esperanza de esquiar el Everest y de competir en el Ironman de Hawái.
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