NO HAY NADA COMO ROUBAIX

Carlo Brena

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Santini

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Es mucho más que una competición: es la esencia de una carrera única en su género, capaz de cuestionar un ciclismo en continua evolución. Por este motivo, nos hemos sumergido de lleno en la París-Roubaix, para someternos a un banco de pruebas extremo para equipamientos y accesorios. Hemos acudido junto con un pelotón de periodistas para entrar en la vanguardia de las prendas técnicas de ciclismo.

En lontananza, los campos de colza son una franja amarilla en el horizonte. La carretera a veces los acaricia y los reconocemos por el perfume que asalta al olfato, el mismo del que escapábamos de niños en las carreras de bici en tierra de nadie detrás de nuestras casas. Una carretera empedrada bordea uno de estos terrenos, aunque llamarla carretera es un poco extraño: corta el llano y divide los campos, pero no los sentimientos. En primavera los une la pasión por un rito que hoy coincide con la Pascua católica. Los enormes tractores aplastan con su peso las roderas durante todo el año hasta modelar en el centro de la carretera un lomo de mulo, que después destruyen con enormes agujeros donde las piedras romanas dejan espacio a huecos que parecen cráteres.

Los tractores se mueven continuamente porque deben respetar las estaciones: «Hay un tiempo para la siembra y otro para la cosecha, un tiempo para arar y otro para regar», decía un agricultor delante de mi casa. Sin embargo, también hay un periodo en el que los verdes John Deere apagan los motores y sus gigantescas ruedas dejan espacio a los delgados neumáticos de las bicicletas. ¡Es la Roubaix, querido! Y tú no puedes hacer nada. La llaman el infierno del norte, porque el apelativo infierno es un privilegio que se reserva a lo extremo, lo que está en el límite de lo aceptable. Incluso si fuese un castigo de los infiernos, sería pura maldad condenar a un ser humano a pedalear por ella durante 250 kilómetros, de los cuales más de cincuenta están adoquinados. Sin embargo, así es la París-Roubaix: una maldita atracción que, por medio del mal, alcanza el bien.

La mañana de la carrera, Compiègne se llena de decenas de autobuses de colores y de cientos de coches con los techos cubiertos de carbono con forma de bici. Se respira la tensión de quien se juega algo, esa tensión mezclada con la alegría curiosa del pueblo del ciclismo a la caza de un autógrafo, de un selfi, de una foto de un detalle de una bici para vender a los amigos como el secreto de los profesionales que te ayuda a ganar. Quién sabe si el traslado de la línea de salida histórica desde París hasta esta elegante ciudad fundada por los galos no estaba ya previsto en su nombre latino: Compendium, es decir, atajo, como el que tomarían sin duda los participantes para evitar los treinta tramos de adoquines dantescos que jalonan el recorrido.

Los marcan con estrellas, como si fuesen hoteles: tres de ellos tienen cinco estrellas y sus nombres alteran el pulso. El bosque de Aremberg y el Mons-en-Pévèle solo los he visto en televisión, pero en el Carrefour de l'Abre he pedaleado hace apenas unas horas. Se trata exactamente de 2,1 kilómetros de piedras, agujeros, grietas, rebotes, maniobras, ruidos (algunos de la bici y otros de las rodillas), escupitajos y sudor, miradas hacia adelante que buscan el final, pensamientos y dudas (¿dónde pongo las manos, en la barra del manillar o en la palanca de los frenos?), maldiciones íntimas, más polvo, conducción brutal, deseo de sumergirse en una cerveza, mil dudas (¿más deprisa?), pero, por encima de todo, ganas de acabarla.

Es un caleidoscopio de cosas que te hacen plantearte por qué. He aprendido que en la vida no todas las preguntas hallan su respuesta, al menos lógica y racional, y la Roubaix es una de ellas. Se hace y punto. No questions, please. Cuando se recorre pedaleando se entra en una dimensión equina: hay que dominar la bici como si fuese un caballo enloquecido. Es un rodeo de sentimiento. Alessandro Vanotti pedalea detrás de mí y me da muchos consejos: él ha hecho la Roubaix solo una vez, y después de 14 años de profesión habla todavía de ella con el entusiasmo y la emoción de un niño (de Bérgamo) en la mañana de Reyes. «Brazos sueltos, no aprietes el manillar, ve más rápido, contrae el abdomen y, sobre todo, no cambies de dirección: es inútil». Si cada consejo costase diez euros, ahora tendría la cuenta corriente de un oligarca ruso. Una limusina se detiene, se baja la ventanilla y sale una mano que estrecha la de Alessandro: un par de palabras y adiós, cada cual por su camino.

Al terminar cada tramo, se para el grupo, vestido íntegramente con el maillot Forger des Heroes que Santini ha desarrollado en un estilo patchwork inspirado en todas las almas de la Roubaix, y da comienzo un babel en varios idiomas: cuando una docena de periodistas de toda Europa pedalean juntos, nadie quiere quedarse atrás, es una cuestión de orgullo nacional, y las primeras miradas después de terminar cada tramo de adoquines transmiten un «te has escapado, pero en la próxima vas a ir detrás de mí aunque se hunda el mundo». Aaron, de Inglaterra, no siente las manos al día siguiente, mientras su compatriota Liam lucha contra los ataques de agujetas en serie de las piernas, pero ambos vuelan por el camino sin asfaltar; los silencios españoles de Joaquín esconden un manejo extraordinario de la bicicleta, y Lukas ha dado por terminada la estación invernal austriaca y en la primera salida por carretera siempre está en el grupo de cabeza. Matthieu juega en casa con el idioma, pero también con las piedras del Carrefour. Los holandeses Thomas y Danny ponen la directa en cada regreso al camino sin asfaltar, y Stevens, que en Bélgica es su vecino, no se queda atrás y responde golpe con golpe. El experto Alberto ha venido de Italia para recorrer de nuevo las piedras legendarias y hacer valer sus dos piernas de 20 000 km al año. Ellos también se preguntan: ¿por qué? Why? Pourquoi? Waarom? Perché? Cuando el grupo de periodistas pasa por las caravanas estacionadas desde hace días en el borde de la carretera, los teclados más veloces del Viejo Continente se disparan atravesando el humo de las barbacoas y los gritos de ánimo.

A mediodía, la temperatura sube y los manguitos se guardan en los bolsillos posteriores, pero el viento de abril que sopla desde el norte es cortante como la fragancia pajiza de la colza. Dado que la bicicleta es una variable fija de nuestro equipamiento, con una posible modificación de los neumáticos, la ropa desempeña un papel fundamental en estas latitudes. A pesar de que la subida más dura de la Alta Francia es el paso elevado de una autopista, el viento que sopla en estas llanuras es traicionero como el de un descenso sudoroso en junio por el Stelvio. Haría falta una prenda capaz de proteger del agua y, sobre todo, del aire, porque una cosa es lo que dice el mercurio y otra es la sensación térmica, una variable difícilmente manejable.

En el intervalo entre los 5 y los 15 grados, Fergus (que trabaja como diseñador para Santini) me habla de la nueva chaqueta Enfer du Nord, que tiene una franja de adoquines estilizada en el pecho con un estampado iridiscente que asume colores tornasolados al sol de Francia. Polartec y él han trabajado para elaborar una prenda capaz de ser impermeable, cortaviento, fácil de empaquetar y ligera. Ellos sí han dado con la respuesta para determinadas preguntas.

Carlo Brena
Nacido en la segunda mitad del siglo pasado, a los 30 decidió hacerse periodista deportivo para dar un sentido a su vida. Desde entonces, comenzó a envejecer de manera precoz, pero feliz. Fundador de LDL COMeta, agencia de comunicación de deportes al aire libre, en estos años ha tenido tiempo de finalizar un par de Ironman y alguna que otra competición MTB, de esquí de travesía, de fondo y maratones, además de formar una familia con Mirella, con quien tiene dos hijos.
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