Y SE HIZO EL MAILLOT AMARILLO

Marco Pastonesi

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Santini

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¿Cuándo apareció por primera vez? ¿Quién lo llevó? ¿Por qué ese color? La creación del trofeo más importante del ciclismo en la vida deportiva de un héroe del siglo pasado, Eugène Christophe, contada por un narrador moderno.

He vuelto a ver al viejo Christophe. Eugène Christophe. Sus seguidores más románticos lo llamaban «le vieux Gaulois», el viejo galo, con sus connotaciones étnicas para los franceses, y los hinchas más desvergonzados lo apodaban «Cri-Cri», sin pretender hacer referencia al canto de un grillo ni a un silencio incómodo, sino a las iniciales de su nombre.

En 1913, Christophe, originario de Malakoff, a las afueras de París, de expresión triste y humor alegre, lucía un imponente bigote y todavía no era viejo: tenía 28 años. Era el número uno favorito del Tour de Francia. Un año antes había vencido tres etapas y había quedado segundo en la clasificación general. Esta vez, la sexta etapa podía ser la reina y definitiva: transcurría de Bayona a Luchon y escalaba los altos de Aubisque, Gourette, Soulor, Tourmalet, Aspin y Peyresourde, a lo largo de 326 kilómetros de carreteras destrozadas.

VEGA

Christophe iba en cabeza de carrera con el rival belga Philippe Thys cuando, a mitad del descenso, como él mismo contaría, «a una decena de kilómetros de Sainte-Marie-de-Campan, de repente sentí que algo no iba bien en el manillar. Accioné los frenos y me detuve. Vi que la horquilla se había roto. Ahora puedo decir que mi horquilla se había roto, pero en aquel momento no habría podido, ya que habría sido una publicidad terrible para la casa para la que corría. Así que ahí estaba, solo en la carretera, aunque lo que llamo carretera era más bien un sendero de cabras. Pensé que quizás alguno de aquellos senderos empinados me llevaría directamente a Sainte-Marie-de-Campan. Sin embargo, lloraba tanto que no era capaz de ver nada. Con la bici a hombros, recorrí aquellos diez kilómetros. Una vez en el pueblo, encontré una joven que me llevó a casa del herrero, en la otra punta del pueblo. Se llamaba Monsieur Lecomte. Era amable y me quería ayudar, pero no estaba autorizado a hacerlo. Las normas eran estrictas. Tenía que hacer yo solo todas las reparaciones. En mi vida he pasado un rato tan difícil como aquellas angustiosas horas en el taller de Monsieur Lecomte».

Se apiadó de él hasta un niño. Se llamaba Corni –lo que quizás fuese un apodo– y tenía siete años. Mientras Christophe, que no dejaba de envejecer por momentos, estaba ocupado con el martillo y la horquilla, el pequeño Corni inflaba los neumáticos. El resultado: un juez, un cierto Mouchet –algunos apellidos franceses parecen nombres de gestos y muecas–, le endosó a Christophe diez minutos de retraso en la clasificación, aunque después quedaron reducidos a tres. Fueron ejemplares, según Mouchet, aunque resultaron irrelevantes, ya que para la operación mecánica hicieron falta más o menos cuatro horas, y Christophe llegó a Luchon a las 20:44 horas en vigesimonovena posición, si bien es cierto que antes de otros quince corredores. Al final quedó séptimo en París.

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Le fue poco mejor seis años después, en el Tour de Francia de 1919, cuando la historia se repitió. El eterno retorno daba un giro como las ruedas de una bicicleta. Era la penúltima etapa, de Metz a Dunkerque, de 468 kilómetros. Esta vez, cuando se partió la horquilla de la bicicleta de Eugène Christophe, había una fábrica de bicicletas a apenas un kilómetro de distancia. Las normas seguían exigiendo hacer las cosas uno mismo y promovían la autonomía en el mantenimiento: Christophe tendría que apañárselas solo. Tardó un par de horas y del primer puesto bajó al segundo, para quedar tercero definitivamente al día siguiente. L'Auto, el periódico que organizaba el Tour, al final de la carrera mandó a Christophe el dinero recaudado por los lectores para reembolsarle lo que había perdido con los premios. De hecho, ese dinero fue más de lo que habría obtenido si hubiese ganado el Tour: 13 310 francos, con contribuciones mínimas de tres francos y una donación máxima de quinientos, ofrecida por el barón Henri de Rotschild. La lista de los donantes, publicada en L'Auto, era como una sábana de larga.

Sin embargo, el viejo Christophe ya había conquistado un récord histórico: el primer maillot amarillo. Durante la carrera llevaba un maillot –La Sportive–, común a muchos corredores que se habían quedado sin equipo después de la Primera Guerra Mundial. Alphonse Baugé, antiguo corredor y luego director deportivo, dijo a Henry Desgrange, jefe del Tour, que si para él era difícil reconocer a los corredores, para los espectadores era imposible. Había que poder reconocer al menos al primero de la clasificación. De modo que, en la quinta etapa, de Les Sables d'Olonne a Bayona, de 482 kilómetros, Desgrange introdujo el maillot amarillo, del mismo color que las páginas del periódico L'Auto, que organizaba la carrera. Así, Christophe, en cabeza de la clasificación (y tercero en aquella final) tuvo aquel honor.

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A decir verdad, parece que Christophe no se sintió muy honrado y ni siquiera se puso muy contento por la elección. Los espectadores, burlones, durante unos días abandonaron el apodo romántico de «le vieux Gaulois» y el más trivial de «Cri-Cri» y empezaron a llamarlo «Canari», canario. Lo llamaban canario a él, un gigante, un héroe, un coloso de la carretera.

Sin embargo, transcurrido más de un siglo, he vuelto a ver al viejo Christophe, y estaba honrado, contento e incluso conmovido. Lo he vuelto a ver en la sede de Santini. Miraba los maillots amarillos (aunque no solo esos) que la industria italiana produce para la carrera francesa. Los miraba y admiraba, los acariciaba y palpaba, los sopesaba y olía, tocándolos con los ojos y con los labios, sonriendo y, a escondidas, llorando.

Marco Pastonesi
Marco Pastonesi (Génova, 1954) ha trabajado durante 24 años en la Gazzetta dello Sport, para la que ha cubierto 14 Giros de Italia, 10 Tours de Francia, cuatro Tours de Ruanda y un Tour de Faso, además de mundiales de ciclismo y rugby y las Olimpiadas de Londres 2012. Entre sus libros figuran Pantani era un dio, Coppi ultimo e Il Maestro e la bicicletta (66thand2nd), Spingi me sennò bestemmio (Ediciclo) y Elogio del gregario (Battaglia). En la foto aparece con Sonny Colbrelli, Con il cuore nel fango (Rizzoli).
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